La globalización neoliberal y el desarrollo rural

Manuel Román Lorente

Experto en Ordenación del Territorio y Economista Hace ya algunos años (seis, para ser exactos) tuve la ocasión de trabajar en Aguilar de Campoo, en una acción formativa sobre desarrollo rural. Por lo general, para la mayoría de los españoles (o al menos para un buen porcentaje, especialmente a los que se nos puso en su momento la etiqueta de generación X), Aguilar de Campoo era un sitio casi mítico, origen de las galletas que nos servían de desayuno y merienda. Los afortunados que pasaban por allí en alguna ocasión podían ver fortalecida esa impresión con el casi omnipresente olor a vainilla que inundaba el pueblo. 

En fin, el tiempo pasa, uno se pone a trabajar en algo, y yo comencé con esto del desarrollo territorial. Para los no iniciados diré que ir allí, para la citada acción formativa, fue como dedicarse a la informática e ir a trabajar para una gran empresa en el Silicon Valley. En Aguilar y su comarca se han cocinado experiencias tan innovadoras y exitosas como las Escuelas Taller, y allí se estaban desarrollando programas de desarrollo rural, entonces en fase de maduración, como Leader.

La economía local, a comienzos de la década de los 80, estaba ligada a las galletas, y tal industria, como el resto del país, se encontraba en crisis y transformación. Es cierto que el sector salió de la misma razonablemente, pero algunas empresas clásicas quedaron en el camino. La comarca, sin embargo, sufrió un golpe durísimo, pues uno de sus polos industriales, Reinosa, verdadero centro del territorio, fue victima de la "reconversión industrial" de la primera mitad de la década. Sin duda, este fue el primer zarpazo de la globalización neoliberal en la zona.

El fenómeno distintivo de Aguilar fue que allí, liderado por unas pocas personas, comenzo a tomarse conciencia de que los recursos locales deberían ser la base para rehacer una economía más centrada en la comarca, menos dependiente de vaivenes externos y, sobre todo, con un dinamismo suficiente como para retener a la población y evitar la desaparición de un rico patrimonio cultural.

Un objetivo como el descrito es fácil de formular y difícil de precisar. Por ello, las estrategias son complejas y dan frutos a largo plazo, y las acciones tácticas no tienen en muchos casos los resultados apetecidos de manera inmediata. Aún así, y sobre todo visto desde la distancia, los resultados pueden considerarse positivos y alentadores. La experiencia Leader y los resultados de las Escuelas Taller comenzaron a ofrecer vias de diversificación a una zona que dependía casi en exclusiva de un sólo sector.

El primer nubarrón de la tormenta que hoy nos azota llegó cuando Fontaneda, la empresa insignia del pueblo, fue comprada por una multinacional, Nabisco. En ese momento, la empresa fue extraida del contexto local, y sus procesos sometidos a la lógica de la globalización neoliberal. Desde ese momento, como con acierto comentaban algunos, la fábrica podía cerrar en cualquier momento.

El siguiente paso fue la compra de la primera multinacional por otra, United Biscuits, que es la que finalmente ha decidido el cierre de la histórica factoría. Desde el muy respetable punto de vista de la compañía, los costes son elevados, las ventas están reduciendose y las pérdidas empiezan a ser intolerables. Dentro de ésta lógica, resulta evidente que concentrar procesos en una sóla planta permite mejorar el rendimiento de la maquinaria empleada, aumentar la productividad y disminuir los costes: la jugada es perfecta. Por otra parte, he de señalar que la empresa tiene perfecto derecho a hacer esta operación, pues ha comprado una serie de activos y puede operar con ellos como estime oportuno, pues que se sepa no se han marcado restricciones con respecto a ellos.

Inmediatamente después han llegado no sólo las movilizaciones de los trabajadores (lógicas, esperables, justas), sino también las lamentaciones y adhesiones inquebrantables del gobierno regional, que ha puesto el grito en el cielo. Del nacional, claro, no tenemos noticia. Como de costumbre a toro pasado comienzan las reuniones de urgencia con la empresa y los sindicatos, las reclamaciones ante el juzgado y otros gestos ante las cámaras (de televisión), que no tendrán más trascendencia que rellenar la media hora de los informativos. Teniendo en cuenta los precedentes (de Boliden a Gillette, el catálogo es extenso) ¿a ningún responsable político se le ocurre la posibilidad de tomar medidas preventivas? 

La cuestión de fondo es grave. Muchas pequeñas y medianas empresas españolas (cada vez menos, claro) se encuentran dispersas en áreas rurales con procesos de industrialización endógena. Tales empresas pueden enfrentarse a un mercado global con éxito, vendiendo dentro y fuera de nuestras fronteras (es sorprendente la cantidad de ellas que hace esto), pero otra cosa es que grandes empresas transnacionales (que no tienen por que ser extranjeras, las españolas operan igual) las adquieran para aprovechar una marca de éxito o un producto innovador, desmantelando la actividad económica local y trasladando el proceso a cualquier otra parte del planeta.

Nuestras regiones quedan desarticuladas, sin actividades económicas que generen empleo y valor añadido. Podría alegarse que lo que se destruye en un lugar se crea en otro, pero como muy bien sabemos (y podemos documentar con abundantes ejemplos), la mayor parte de las veces el empleo creado en países en vías de desarrollo no es precisamente la idea de trabajo que de manera general tenemos: jornadas de más de 10 horas diarias, sin descansos, con salarios de miseria, sin defensa sindical, en la más absoluta precariedad, sin ninguna clase de seguro social, ... estas son las condiciones en las que se mueven los trabajadores de China, Vietnam, India, Filipinas, Tailandia, Indoneisa, Perú, México, Marruecos...

Para tranquilidad de nuestras conciencias, sin embargo, United Biscuits no se va de España. Para esta empresa, el traslado es sólo mejorar los resultados, con el añadido de que una vez se calmen las aguas podrá trasladar a los consumidores la idea de que mantiene las mismas posibilidades de elegir, porque la marca sigue estando ahí, y además los precios pueden reducirse. 

El balance social no es tan favorable: una comarca del norte de Palencia verá seriamente mermado su capital territorial, y nosotros como consumidores perderemos variedad real. La globalización neoliberal le hace un nuevo roto al tejido socioeconómico del mundo rural, desarticulando el territorio y acentuando la insostenibilidad general del modelo económico presente. Parece ser que estos son los términos de intercambio. 

¿Es tolerable desde un punto de vista social y político un balance como este? No es coherente vender la idea política del desarrollo rural y la habilitación de partidas presupuestarias crecientes mientras que por otro lado se permite socavar las estructuras locales con jugadas como esta, salvo que cínicamente se pretenda mantener, a costa de subsidios, un cierto volumen de población en algunos lugares para no dejar vacío el paisaje. Parece razonable reclamar a los poderes públicos que exijan cierto nivel de compromiso territorial a las empresas, especialmente cuando operan en territorios vulnerables en los que se están desarrollando políticas específicas de defensa.

Manuel Román, 2002

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