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La sostenibilidad a debate
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Nos han enviado varios documentos:
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El debate de la Sostenibilidad en Urbanred (diez años después de Rio) |
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UrbanredRevista digital sobre Urbanismo, Diseño Urbano, Ordenación del Territorio y temas afines |
EDITORIAL: El Paradigma de la Sostenibilidad En los últimos años, hemos asistido al surgimiento de un nuevo paradigma, el Paradigma de la Sostenibilidad. No se trata de un paradigma científico, en el sentido de marco explicativo de la naturaleza y del proceso de su conocimiento, sino de un paradigma o imperativo moral cuya función sería guiar las acciones humanas en aras a garantizar la conservación de la Naturaleza para futuras generaciones. El nuevo paradigma es universal y ha penetrado, con diversa profundidad y resultados, todos los ámbitos de la cultura (desde el cine a la música), de la vida académica (docencia o investigación), de la vida política (discursos y programas) y de la vida social (alimentación, deporte, etc.). En efecto, hoy día, no hay programa político que se precie que no proclame a los cuatro vientos la sostenibilidad de sus propuestas, ni proyecto de investigación que no la incluya como condición necesaria para cualquier avance técnico-científico, de la misma manera, que comienzan a proliferar los departamentos de la Administración que enarbolan el título de Desarrollo Sostenible, como avance y concreción de los ya obsoletos de Medio Ambiente. Por otra parte, basta hacer una sencilla búsqueda en Internet para comprobar cómo crece de día en día el número de páginas y documentos que incorporan el término sostenible o sustentable en sus descriptores. Como tal imperativo moral, el Paradigma de la Sostenibilidad afecta especialmente a todas las disciplinas que tratan de guiar las acciones humanas y, en particular, a aquellas cuyo objetivo es planificar o proyectar la realización de obras que impliquen la modificación de elementos naturales preexistentes. Y, naturalmente, el urbanismo y la planificación territorial, en tanto que instrumentos en los que se establece la localización y tipología de la mayor parte de las infraestructuras, los edificios o las instalaciones, constituyen uno de los campos prioritarios de evaluación de la nueva cultura moral de la Sostenibilidad. La influencia que el ambiente cultural creado por el nuevo paradigma está teniendo sobre la práctica de la planificación urbanística y territorial es, sin duda, importante pero no es, ni mucho menos, evidente que sus efectos sean todos positivos. Seguramente, en casi todos los países y regiones, la extensión y asimilación cultural de los valores medioambientales y, posteriormente, del desarrollo sostenible, aprovechados y realimentados por la publicidad comercial, que los adoptó inmediatamente como emblemas de modernidad y pureza (naturalidad), ha tenido como consecuencia una mayor consideración y protección del medio natural en la planificación. Y, en ese sentido, la nueva situación supone un avance considerable sobre la de los optimistas años sesenta, en los que la confianza en el desarrollo y la técnica permitió y justificó numerosos atropellos medioambientales. Pero, tras más de treinta años de presión verde y de extensión de la conciencia ecologista, que culmina en los últimos años en la sostenibilidad, la situación ha llegado a un punto en que no pueden dejar de analizarse críticamente las consecuencias de la aplicación del nuevo paradigma. Por que, en efecto, la omnipresencia y la fuerza de la presión ecologista ha llevado a numerosas instituciones, organismos y empresas a la utilización de una doble moral: una, la de las declaraciones públicas, irreprochablemente sostenible y, otra, la de los proyectos concretos, dependiente de los intereses confluentes en cada situación. Pero, además, la acrítica aceptación de la sostenibilidad por la comunidad científico-técnica y, con particular entusiasmo, por urbanistas y planificadores ha llevado a la generalización del uso de un concepto, cuya ambigüedad se pone de manifiesto cada vez que se intenta profundizar en su significado, cada vez que se trata de establecer con objetividad hasta qué nivel de modificación del medio natural puede llegar una actuación urbanística sostenible o quién decide ese punto de ruptura entre los sostenible y lo insostenible, habida cuenta de que, prácticamente todas las decisiones urbanísticas modifican en alguna medida el medio preexistente. Idéntica ambigüedad a la que resulta de términos como el de capacidad ambiental, con el que se intenta igualmente explicitar la existencia de una supuesta capacidad de aceptación de modificaciones por parte del medio natural, más allá de la cual, se produciría su irreversible degradación. El problema que crea un concepto ambiguo e imposible de objetivar es, por una parte, que no permite valorar los planes y proyectos sino a través de procedimientos de consenso intersubjetivo, relativamente frecuentes en la investigación urbanística y social, pero de difícil aplicación a problemas reales, si no es a través de mecanismos de consulta democrática y, por otra parte, que se presta a actitudes demagógicas y manipulaciones que pueden llegar a condenarlos sin fundamento. La dificultad de implementar procedimientos democráticos para validar la Sostenibilidad de cada una de las acciones urbanísticas o territoriales ha llevado, en la actualidad, a que los conflictos de ese orden se resuelvan la mayoría de las veces en función de la capacidad de presión política. Y dada la generalización del nuevo paradigma ecológico, al que ya han sucumbido los medios de comunicación, temerosos de oponerse a los vientos dominantes, y al que impulsan indirecta, si no abiertamente las campañas de publicidad de todo tipo deproductos, los defensores del actual status quo entre el hombre y la naturaleza, en ocasiones ahupados en argumentaciones demagógicas, disponen de una inusitada capacidad de presión política. El problema de esta situación es que, a menudo, los aspectos medioambientales adquieren tal relevancia en las decisiones urbanísticas que eclipsan al resto de factores que deben considerarse en la evaluación de cualquier propuesta. El urbanismo y la planificación, disciplinas caracterizadas por la dificultad metodológica de ponderar la consideración de muy diversos aspectos y factores, ven así subvertidas sus metas de equilibrio y equidad, debido al peso excesivo y al sesgo que introduce la presión ambientalista. En ese contexto, numerosos planificadores, que encuentran por otra parte enormes dificultades en evaluar científicamente sus propias propuestas, en campo tan amplio como el del medio natural, al que necesariamente afectan, se ven obligados a adoptar, en el mejor de los casos, actitudes defensivas, cuando no a recluirse en un mutismo, que deja el terreno libre a los vigilantes de la moral ecologista o sostenible. Empujados al callejón sin salida de tener que demostrar la inocencia ecológica de sus propuestas, pueden llegar a adoptar actitudes medrosas, que limitan sus posibilidades de creación (no olvidemos el "gramo" de creatividad de los procesos de planificación y diseño) y que tienden a conducirles por la senda del conservadurismo disciplinar. A pesar de los numerosos manuales que se han apresurado a concretar en qué consistiría la planificación o el urbanismo sostenible, falta probablemente mucho camino por recorrer para conseguir articular sensatamente la preservación del medio natural en la metodología de elaboración del planeamiento. Tal vez, un camino igualmente largo al que lleva de la proclamación de una moral pública a la práctica de una ética privada, de una virtud privada. En cualquier caso, parece llegado el momento de iniciar un amplio y desprejuiciado debate sobre un tema cada vez más recurrente, al que animamos se incorporen nuestros lectores a través de la lista de correo a la que pueden suscribirse, si no lo están, siguiendo las instrucciones del apartado 6 de esta Revista. |
Contestación al editorialMariano Vázquez Espí |
No se trata de un paradigma moral: es más bien un paradigma cultural incipiente que surge para explicar aquellos "campos de verdad" inexplicables por el paradigma cultural dominante. Entre sus ingredientes se incluye nuevos paradigmos científicos y técnicos (desde la ecología hasta la teoría del caos, pasando por la teoría de algoritmos y resolubilidad de problemas -por citar sólo unos pocos ejemplos), y sobre todo nuevos paradigmas epistemológicos, pero es cierto que no es sólo un paradigma científico, véase habitat.aq.upm.es/boletin/n8/amvaz.html. No hay que confundir el paradigma de la sostenibilidad con la maniobra publicitaria del desarrollo sostenible. El paradigma de la sostenibilidad no sólo no es "universal", últimamente está más desarbolado que en los años setenta. Otra cosa es que las preocupaciones a las que responde vayan siendo más populares a medida que los efectos negativos de la cultura dominante se van haciendo más visibles. Ante esa preocupación más "universal" (cumbres de Rio, Kyoto, etc, por citar sólo ejemplos políticamente correctos) todos los paradigmas culturales operativos intentan dar una respuesta: la cultura dominante vehicula a través de los medios de publicidad la idea de que se está haciendo "algo" para que la gente no se alarme: de ahí la idea de "desarrollo sostenible" y de la inclusión de la palabra mágica (sostenible o sustentable) por todas partes. En este orden resulta esclarecedor consultar la historia y el origen del mágico vocablo, véase habitat.aq.upm.es/cs/p2/a004.html. Pero no hay que llamarse a engaño: hay que leer al revés:¿desarrollo sostenible? será que el que tenemos no lo es... ¿arquitectura bioclimática? será que la arquitectura actual ha conseguido ignorar el clima, el sol, la orientación, en sus actuales propuestas... Este proceso publicitario, desafortunadamente, está teniendo más éxito que el trabajo pertinaz y calmo de la gente que investiga y actúa desde el paradigma de la sostenibilidad. Hasta tal punto que podemos hablar hoy desenfadadamente de "desarrollismo ecológico", véase Estevan, Antonio (1998) "El nuevo desarrollismo ecológigo." (Archipielago, número 33, pp. 47-60). En fin que el editorialista quizá hubiera debido, antes de poner manos a la tarea respecto a tema tan sugerente, separar el grano de la paja. A estas alturas yo ya no sé si estamos hablando de Marte o de la Tierra. Desde que a los dieciséis años mi profesor de Química me explicó los fundamentos de la sostenibilidad de la vida sobre la Tierra (entonces no se llamaba así), como ecologista la presión más fuerte que he conseguido ejercer ha sido contra los escudos y las porras de las Fuerzas de Orden Público (por el conocido principio mecánico de acción y reacción). Cierto es que en alguna ocasión (y tras esfuerzos desproporcionados) el ecologismo ha conseguido perturbar lo suficiente a la corporación tecnocrática cómo para que ésta, de motu propio, eligiera no la solución peor, si no alguna menos mala. El caso de las Hoces del Cabriel en España es un ejemplo muy ilustrativo de esto. Pero de ahí a sugerir que la presión ecologista sea la responsable de la doble moral de la tecnocracia hay un puente de cinismo bastante considerable. La doble moral de la
cultura dominante no es de ahora, prácticamente puede rastrearse hasta los
inicios de la revolución industrial: ¿qué Adam Smith se pronunció contra las
sociedades anónimas que comenzaban a establecerse en su época? Pues se cercena
sus textos para convertirlo en abanderado de la libertad de mercado y se cuelga
su retrato en los despachos de las corporaciones multinacionales (justo la forma
comercial y mercantil más contradictoria con su "teoría moral"). ¿Qué el mismísimo Rudolf Clausius advierte el siglo pasado
contra la insostenibilidad de la civilización industrial? Pues se dice que
chochea y se ignora todo su mensaje (véase habitat.aq.upm.es/boletin/n9/amvaz.html). En este punto, se ve con claridad como la "acrítica aceptación" es en realidad sólo "ponerse el disfraz": si hay algo que la ciencia de vanguardia está poniendo en claro (ya lo puso el paradigma de la sostenibilidad) es que no hay contraposición posible entre lo natural y lo artificial, por una simple, obvia (e incluso clásica) razón (release a Sócrates): la humanidad es parte de la Naturaleza y cualquier cosa que como especie hagamos (sostenible o no) es natural: "un camino asfaltado no es menos natural que un campo arado". Otra cosa es que algunas de esas cosas no convengan a nadie (o a muy poca gente) y que otras pudieran convenirnos a la mayoría. Pero ya se vé que, al menos en el caso del editorialista, este principio básico del paradigma de lo sostenible no ha calado en absoluto. Aquí se agradecería algún ejemplo concreto de la "relevancia" de los aspectos medioambientales en los últimos tiempos. A mí no se me ocurre ninguna propuesta importante reciente en la que tal cosa ocurra. Por el contrario mi experiencia es bien distinta: la cultura dominante incluso ha encontrado el modo de hacer provechoso el trabajo de "demostrar la inocencia ecológica": hay están los Estudios de Impacto Ambiental, la norma ISO14.001, etc, que tan buenos beneficios están dando a las florecientes empresas de consultoría, generalmente meras divisiones de la multinacional matriz (el caso de Iberdrola y, mejor aún, el de Abengoa, incluida recientemente entre los valores del Nuevo Mercado de la Bolsa Española, no pueden ser más elocuentes). Bienvenido sea el debate: pero en los términos planteados por el editorialista no se trata de un debate sobre el paradigma de la sostenibilidad (a pesar del título). A lo que yo entreveo se trata de una propuesta de debate nacida de la legítima preocupación de los técnicos de la vieja escuela, que se sospechan comenzando a ser arrinconados ante el empuje de los nuevos aires que soplan con la denominada "nueva economía". Pero se trata por tanto de un debate entre los técnicos de la cultura dominante, coyunturalmente separados en aproximadamente dos equipos, el viejo y el nuevo, por la natural evolución de la cultura dominante ante la intensificación de las preocupaciones ambientales, dada la creciente intensidad de los síntomas con que nos responde el ambiente. Pues, a fin de cuentas, la cultura dominante por algo todavía lo es...
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A vueltas con la SostenibilidadJulio Pozueta |
La contestación del profesor Vázquez al editorial "El Paradigma de la Sostenibilidad", incluido en el nº 2 de la revista digital urb@nred, no puede ser más elocuente del carácter, no ya de Paradigma Moral, sino de verdadero Dogma, que está adquiriendo la Sostenibilidad, en algunas de sus formulaciones. En efecto, en la contestación del profesor Vázquez, no se aborda la cuestión de fondo que el concepto de Sostenibilidad plantea a planificadores y urbanistas y que el editorial, en mi opinión, expresaba correctamente. A saber: ¿es posible establecer científicamente la línea que separa lo sostenible de lo insostenible?. Y, si no lo es, ¿cómo y quién puede y debe decidirlo? En definitiva, en ausencia de objetividad ¿como podremos evitar la demagogia de uno y otro signo y que las decisiones finales no sean fruto de la presión ideológica o mediática?. En la contestación, ni siquiera se citan los párrafos que el editorial dedicaba a analizar las dificultades metodológicas de evaluar inter-subjetivamente la sostenibilidad de planes y proyectos o la pertinencia de utilizar procedimientos democráticos para ello. Pero, donde la contestación muestra el carácter dogmático que están adquiriendo algunas aproximaciones ecologistas es en su párrafo final. En efecto, en el párrafo que sintetiza conclusiones, y que reproduzco más abajo, no hay sino descalificación de los editorialistas y del propio debate ("en los términos del editorialista no se trata de un debate sobre el Paradigma de la Sostenibilidad"). Se recurre a instrumentos típicos de los dogmatismos. Con una terminología de regusto años sesenta, a los que pretenden entrar en el debate desde posiciones distintas se les confina en las denostadas casillas ideológicas de la "vieja escuela" o de "la cultura dominante", donde deberán enmudecer avergonzados y purgar su atrevimiento, junto a los devastadores de la selva amazónica, los vendedores de armas atómicas o los que vierten residuos tóxicos en los arrecifes de coral. Actitudes de policía ideológica, de etiquetación de disidentes, que repuntan una y otra vez en nuestra historia cultural y científica, hacen un flaco favor a lo que creen defender y confirman plenamente la necesidad de un debate en profundidad, del que, probablemente, estas primeras escaramuzas con la ortodoxia ecologista no son un mal comienzo. Bienvenido sea el debate en cualquiera de los términos en que pueda plantearse.
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Alguna aportaciones al debate sobre el paradigma de la sostenibilidadCarlos Verdaguer Viana-Cárdenas Arquitecto urbanista |
1. Si bien comparto la inquietud ante la extensión banalizada de un concepto tan lleno de ambigüedad como es el de sostenibilidad, como todos quienes llevamos reflexionando desde hace mucho tiempo sobre la forma de articular los aspectos sociales, ambientales, arquitectónicos y urbanísticos, no puedo sino mostrar mi más profundo estupor ante la visión levemente paranoide, con perdón, formulada por el editorialista de urb@nred nº 2 , según el cual "tras más de treinta años", la "presión ecologista" habría acabado dando lugar a un paradigma "universal" y "dominante" que "ha penetrado todos los ámbitos de la cultura". No hace falta ser un fino analista de la historia para constatar que, tal hazaña de dominación total, propia de la Invasión de los Ultracuerpos, no han conseguido llevarla a cabo ni siquiera constructos ideológicos tan señeros como el liberalismo o el socialismo, ni, de hecho, el tan cacareado e igualmente inaprensible `paradigma de la modernidad´. Considerar la ineludible extdesarrollar sus argumentos. 2. Esto responde, en realidad, a un mecanismo simplificador habitual tanto en las charlas de café como en los debates políticos, pero que no debería tener cabida en ámbitos académicos. El mecanismo consiste en rehuir al verdadero interlocutor en toda su complejidad y construir un `contrincante a la medida´ fácil de vapulear o de convertir en terrible adversario con argumentos ad-hoc. Este fenómeno habitual se ha producido particularmente desde hace décadas en el caso del debate ecológico, donde hasta el momento se ha venido utilizando en muchas ocasiones una versión caricaturizada de una supuesta `postura ecologista´ que suele coincidir a su vez con una simplificación de una de las corrientes más minoritarias del ecologismo como es la llamada `deep ecology´, cuyos contornos, por cierto, son también bastante difusos. Un caso paradigmático de este mecanismo, en el que se toma la parte por el todo, es el del, por otra parte, muy interesante, libro de Luc Ferry "El nuevo orden ecológico", cuGreenpeace? ¿A Isabel Tocino? ¿A Sir Richard Rogers? ¿A los temibles Guardianes de la Ortodoxia Ecologista? ¿O al fantasmal y planetario Paradigma Moral de la Sostenibilidad? Esta visión risible para cualquiera que haya formado parte aunque sea tangencialmente de la escena política y social de las últimas dos décadas, intentando hacer realidad cualquier mínima propuesta transformadora, confunde de forma aparatosa los términos muy reales del conflicto entre modelos de organización de la realidad e intereses de los diferentes agentes sociales, un conflicto ancestral que la constatación evidente y generalizada de la degradación ambiental planetaria no ha venido sino a hacer más acuciante. Sólo dentro de este marco se explica la extensión de un concepto como el de sostenibilidad, esgrimido desde las más diversas posturas ideológicas como palabra fetiche con la que los diferentes agentes en liza revisten sus supuestos abanicos de soluciones. Este tampoco es un fenómeno nuevo en la historia y 3 Por otra parte, ya que de paradigmas científicos, morales o ideológicos hablamos, habría que recordar que las fronteras y límites entre ellos no son tan claras como lo desearían los partidarios de las respectivas ortodoxias y que, si algo caracteriza el panorama epistemológico de los tres últimos siglos, es la conciencia cada vez más clara de la riqueza de solapamientos, contradicciones e interpenetraciones entre los diversos ámbitos de la realidad. Quizás por ello, hasta los científicos más "duros" tratan con gran recelo las certidumbres y utilizan cada vez con más soltura las herramientas ofrecidas por el pensamiento sistémico, mucho más fructíferas incluso a la hora de fabricar chips o abordar la confección del mapa del genoma humano. Mientras tanto, las llamadas ciencias sociales, entre la cuales, mal que le pese, se sitúa el urbanismo, son todavía en muchos casos las últimas defensoras del pensamiento más caricaturescamente mecanicista-positivista y siguen a la busca de certezas" 4. En cualquier caso, haciendo hincapié en la idea del paradigma de la sostenibilidad como `imperativo moral´, hay que señalar que, si algo nuevo han aportado las reflexiones desde la ciencia ecológica a quienes, contaminados sin remedio por Nietszche y Stirner, desconfiamos profundamente de todo lo que tenga que ver con la moral y la ética, es un cierto fundamento `objetivo´ para la sospecha de que `orinar en la cazuela común´, por sabroso que nos pueda parecer el resultado, no resulta en sí mismo muy `sostenible´, ni siquiera desde la perspectiva del egoísmo más radical, cuando sólo existe una cazuela y estamos presentes todos los comensales (unos, claro está, con cucharas más grandes que otras). Eso sí, he de mostrarme de acuerdo con el editorialista en que muchas veces resulta difícil "establecer con objetividad hasta qué nivel" se puede realizar dicha actividad para que las consecuencias puedan ser irreversibles, es decir, para que la cazuela acabe siendo incomestible o la trifulca intento de crear formas de democracia de base es un inviable desideratum sesentayochista, producto de la demagogia y la manipulación, además de suponer una insoportable riesgo de coerción a la creatividad de los técnicos y los profesionales... 5. Si se trata de circunscribir todas estas consideraciones al ámbito específico de la `disciplina urbanística´, quizás convendría llegar a un mínimo grado de consenso con respecto a cuáles pueden ser los objetivos de dicha disciplina, ya que probablemente la definición de los mismos influya notablemente en la posterior selección de herramientas para llevarlos a cabo de acuerdo con la marcha de los tiempos. En este sentido, he de reconocer de nuevo mi estupor cuando veo que el editorialista incluye el urbanismo y la planificación territorial entre aquellas disciplinas "cuyo objetivo es planificar o proyectar la realización de obras que impliquen la modificación de elementos naturales preexistentes", definiéndolas como "instrumentos en los que se establece la localización y la tipología de la mayor parte de las infraestructuras, los edificios o las instalaciones". Quiero creer que se ha dejado de nuevo llevar por el afán argumentativo, arrojando momentáneamente por la borda su probablemensobre el territorio es precisamente modificarlo hasta el punto que sea necesario con el fin de adaptarlo a las condiciones de habitabilidad de todos los seres humanos, en la hipótesis de que cuanto más a favor del equilibrio entre los flujos de energía, materiales y recursos se hagan dichas modificaciones más plausiblemente se alcanzarán dichas condiciones. En ese sentido, una de las difíciles tareas, y por tanto uno de los retos más apasionantes, que ineludiblemente deben asumir los urbanistas, ecologistas o no, es la de profundizar en la comprensión de dichos flujos, a pesar de que "falta probablemente mucho camino por recorrer para conseguir articular sensatamente la preservación del medio natural en la metodología de elaboración del planeamiento". 6. No cabe duda en cualquier caso, que gran parte de la responsabilidad que ya hoy en día la sociedad delega en el urbanista consiste en la elaboración y aplicación de leyes que contribuyan a la habitabilidad de las ciudades y al reparto de las cargas y beneficios que produce la propia actividad urbanística y, como tales leyes, serán siempre contempladas como coerciones por algunos dentro de un ámbito de intereses en conflicto. De ahí, entre otras cosas, se deriva el tradicional conflicto que ha enfrentado a arquitectos, ansiosos de eliminar cualquier límite a su "creatividad" y los fastidiosos urbanistas, tan proclives a ponerlos. Este objetivo implica ciertamente una responsabilidad y es el que más puede servir para "caracterizar estas disciplinas por la dificultad metodológica". Lo que ya no resulta tan evidente, sobre todo para quienes nos enfrentamos continuamente a esta dificultad y somos consciente de la insuficiencia de muchas de las herramientas tradicionales de que se ha dotadorespeto no es sino reflejo de "conservadurismo". Por el contrario, para quienes, a pesar de las corrientes de fastidioso y empalagoso manierismo que han caracterizado el panorama cultural dominante de las últimas décadas, nos tomamos realmente en serio los denodados esfuerzos de las vanguardias más radicales de este siglo por declarar definitivamente muerta la idea de arte y de belleza heredadas del pasado, escupiendo de paso sobre su cadáver, la enorme ampliación en la caja de herramientas y en la paleta conceptual al servicio del arquitecto y del urbanista que ofrece ese ámbito aún minoritario de la epistemología en el que la ecología ocupa un lugar fundamental no supone sino una ocasión gozosa para la creatividad y la innovación y para el florecimiento de formas de ¿belleza? inesperada. Ocasión gozosa, claro está, que el juego contra el tiempo puede llevar a desperdiciar.
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| Actualización 08/01/2007 | |